Cuando el lobo levanta su rostro hacia la luna
grita su nombre y le implora que con sus rayos lo abrace,
necesita su buenaventura como guía,
necesita sus rayos para sentir su propia vida.
Aúlla el lobo esperando respuesta,
en su voz se escucha profunda la ironía,
solicita que los dioses de su bosque le acompañen
mientras solitario camina día a día.
En sus ojos se refleja el hambre de vida,
busca poder, busca belleza, busca sabiduría,
paso a paso encuentra su fuerza,
lenta y sigilosamente camina.
Entre las volutas que forman el mundo,
entre neblinas tangibles y espesas,
su vista se acaba, su vista se apaga,
y su nombre en su memoria se graba.
Aúlla el lobo esperando las voces
de la luna, los hombres y los soles,
se ha vuelto sabio, se ha vuelto amable,
y los dioses y los reyes le responden.
Cuando el lobo levanta su rostro hacia la luna
la tierra se estremece por su cariño,
las estrellas lo abrazan y lo arrullan,
y el universo se mueve y se queda escondido.

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