Nací, en el oscuro cielo de la noche un brillo me miró, pensé que sería la luna, o tal vez una estrella. Dicen que al anochecer, cuando las últimas luces se apagan una estrella te llama, que te mira desde aquel lejano universo que nos rodea, que un fuego se enciende en tu pecho si acaso la escuchas, el alma se quiebra y se repara a si misma.
Nací, lo primero que observé en la oscuridad de esa noche fue un brillo que llenaba un hueco extraño en el alma que reencarnaba, pero no era una estrella, no era la luna, no era el reflejo de los soles en algún planeta lejano, era tu mirada la que me llamaba, eran tus ojos en el universo, hablándome con tu mirada en forma de un beso.
Nací, un sueño inundó mi voz y esta se quebró, creí que podría relatarte leyendas, creí que podría mostrarte la tonalidad de un cielo que comenzó a llenarse de fuego, de los espíritus de aquellos hombres que habitaron alguna vez en estos terrenos, pero tus ojos me dejaron mudo mientras me llenaron de tus leyendas, tus historias no cesaron y yo aprendí de cada una de ellas.
Nací, un beso fue todo lo que pude entregarte y tu lo respondiste con una sonrisa, y también me besaste, mi voz reapareció, mi voz te dijo amarte y tu corazón se incendió, tu mirada volvió a brillar y mi alma se inmutó en un canto que comenzó a elevarse hacia la eternidad, quise relatar la leyenda de nuestros caminos, quise cantarle a la oscuridad.
Soñé que el silencio nos consumía, que el fuego se esparcía, que el universo se comprimía en un agujero negro nacido de la oscuridad de nuestra historia, soñé que nacería, y despertaría. Nací en el oscuro cielo de la noche, mirando al mundo, buscándote en cada rincón, entre realidades y mundos terrenales, y te encontré mirándome directo, con un brillo que nacía de tu alma, te encontré cuando decidiste darme un beso.
