Era un cielo extraño, parecía
haber sido un campo de batalla donde la sangre se derramaba y coagulaba, un
cielo sin límites, un cielo cuyas fronteras amuralladas eran inexistentes. Sus
tonos nacían desde un rojo ensangrentado en las cercanías donde el sol vivía y
el azul lo llenaba hasta la bóveda circular donde la luna descansaba.
Una dama lo observaba, de sus
nubes se enamoraba, en ellas veía formas, lo que su mente anhelaba, su corazón
sentía y su cuerpo creía. La dama lo pensaba, la dama le esperaba.
Y él le respondía de la misma
forma, con sus colores llenando el pequeño espacio entre la eternidad y el alma
de la que lo observaba. "Esta noche se derramará sangre".
Su mirada se perdía sin que ella
lo notará, si su mente volaba ella no lo sentía, simplemente se dejaba llevar
por la voz del viento, la sonrisa de unas nubes aterciopeladas y el color rojo
que nacía en la cima de las montañas nevadas que en el horizonte se dibujaban.
Y ellas también le hablaban.
"Qué hermoso" se decía
"qué bello campo de batalla, cuanta calma se dibuja en su rostro, cuanta
paciencia le regala a mi mirada". Ella no veía, sólo escuchaba lo que este
le contaba, ella sentía con cada fibra de su cuerpo, y cada célula vibraba,
cada átomo le creaba una explosión nuclear de adrenalina. "Oh, mira, una
rosa se acaba de dibujar... ¿O acaso es un Tulipán?".
-Es una orquídea en realidad-Le habló sin dejarse observar -Me atrevería a besarte si tan
sólo tuviera una forma, me atrevería a tomarte si tuviera un cuerpo, y me
atrevería a llenarte si tan sólo tu mirada pudiera encontrarme.
-Bésame y déjame pensarte, tómame
sin que nada llegue a importarte, y lléname, lléname con caricias, vamos, posee
cada célula de mi cuerpo.
-Que así sea, y como testigo
pongo al cielo que de tus palabras haré melodías y renacerán tras cada uno de
tus silencios impregnados en tu cuerpo.
Y el cielo mudo observó, con sus
nubes dibujó un relato silencioso que sólo podrían admirar aquellos que lo
vieran en el momento y lugar preciso, los impregnó de luces y colores purpúreos
sanguinolentos. La dama que lo observaba ahora quedó bañada en sudor pasional
provocado por la dedicación que le entregaba al ser no terrenal.
Era una batalla en tierra y aire
que volcaba la mirada a vacíos blancos y gritos largos, y la dama gemía, temía
y gozaba mientras sufría. Y el cielo fue testigo, se llenó de vacíos y hoyos
negros, y luego nació el fuego.
El ser se aferraba fuertemente a
la dama, le mordía los labios, le apretaba los pechos y poseía completamente su
sexo, y las manos de la dama flotaban abrazadas a un cuerpo que no se notaba en
el viento. Ella, sin saber de donde llegaba ese sentimiento, ya le odiaba, y le
odiaba profundamente por haberle llenado de lujuria el cuerpo, le odiaba por
haber corrompido su mente, por llenarla de deseo.
Y así como el ser llegó
desapareció, la dejó tumbada sobre la hierba, desnuda y sudada, con la ropa
desgarrada, su voz sin aliento y los ojos mirando al final del tiempo, ella lo
anheló, deseó volver a sentir el odio que apenas unos minutos antes la llenó.
El cielo la observó, deseó tener
un cuerpo para poseerla de nuevo, besarla con nubes y lluvia, y presionar
firmemente aquellos pechos, besarle el vientre, mecerla con el viento. El fuego
caía, el fuego y los agujeros negros ahora todo lo consumían... Y se hizo el
silencio, en un ardor de deseo la dama le ofreció su cuerpo, el la tomó, la
llenó de nuevo y lo siguió haciendo hasta donde nada habita, donde sus ojos
veían, hasta el final del tiempo...

