Pensar con el corazón muriendo desangrado es un suceso extraño, la mente se divide en dos tonalidades, carmesí para mostrarle a la vida que se ha convertido en una idea suicida, y negra para enseñarle a la muerte que el luto por las ideas comienza a estar presente...
Se drena el alma, vaciándose lenta y delicadamente por las fosas que nacen de sus puertas, aquellas que son llamadas mirada, y muere como gotas de todo salado y nada azucarada, pendiente de que llegue la vida nuevamente, esperando como se espera al amado anhelado, pero es eso por lo que en este instante muere, por que sus esperanzas han huido, su mundo se ha marchitado...
Refugiados en sombras de celo y desconfianza, nace una rosa que lo rodea cual serpiente, espinoso es su tallo, y la imaginación se convierte en la cumbre de todo, en luz de día, en miedo al miedo mismo, inminente... Y nada la salva, hermosa dama que no esperó pues nunca aprendió a ser paciente, el caballero nunca apareció, su reluciente armadura fue olvidada, y se convirtió todo para ella en nada más que un cuento de hadas.
Dulce Dama que duerme en la torre Oeste de un castillo en el páramo del sol naciente, bajo piedras y barrotes de acero, prisionera de su propia realidad, de su maldita suerte.... Y su padre, el Rey de la nación de la decadencia ha encontrado que la suya tampoco es buena, más maldita que la de su hija prisionera, ha sido padre de enfermos del cuerpo, el alma, el sexo, el corazón y la mente... Su castillo se convirtió en manicomio, su Reina en enfermera, su pueblo agonizaba de sed y hambre, y los pocos que lo respetaban, guardias, carceleros y asistentes de aquellos, del castillo, residentes...
Y la mente siguió pensando con el corazón muriendo desangrado... Mientras la Dama de la torre Oeste pasaba sus últimas horas pintando su destino con lágrimas transparentes, y sangre de su muñeca ahora en racimo... Todo esto sucedió en la memoria de un anciano, que antaño fue el Príncipe del país aledaño, el que buscaría a la Princesa del castillo en el páramo del sol naciente y la encontraría triste, con mirada desesperada, la sangre fría, y el cuerpo inerte...

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